El Eco de la Oscuridad

 Día 1: "El Susurro en la Noche"


La lluvia caía sin cesar sobre la ciudad, golpeando con furia los cristales de la oficina de Javier Salazar. El sonido de las gotas parecía no tener fin, un tamborileo rítmico que acompañaba el silencio de la noche. En el aire flotaba una pesadez inquietante, como si la tormenta no solo estuviera afuera, sino también dentro de él. Las 2:17 AM parpadeaban en el reloj de pared, y Javier, con su rostro cansado y su chaqueta desabrochada, se preparaba para cerrar un día largo de trabajo. Apenas había tenido tiempo para descansar.

La mayoría de los casos que recibía no eran demasiado intrigantes. Robo de vehículos, hurtos menores, alguna que otra disputa familiar. Sin embargo, algo en su interior le decía que esa noche algo diferente ocurriría. Había una tensión en el aire que no podía explicar. Y, como si la tormenta hubiera escuchado sus pensamientos, el teléfono sonó de manera estridente.

El sonido del timbre lo sacudió de su ensoñación, y con un sobresalto, cogió el auricular. No era común recibir llamadas a esa hora. Además, había algo extraño en la línea, como si la llamada estuviera distorsionada por un eco lejano, pero aún así, la voz al otro lado era clara.

—¿Detective Salazar? —la voz de una mujer le pareció familiar, pero también frágil y temblorosa.

Javier frunció el ceño y, sin perder tiempo, contestó:

—Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

—Mi nombre es Marta... Marta Gómez. Vivo en una casa... en las afueras de la ciudad. Y... —la voz de la mujer vaciló por un momento, como si algo la estuviera deteniendo— ... y no sé cómo explicarlo, pero... hay algo en mi casa. Algo que no puedo ver, pero que me está siguiendo.

Javier se quedó en silencio, observando por un momento la lluvia caer. No era raro que alguien le llamara por casos extraños o situaciones de paranoia. Sin embargo, algo en el tono de la mujer lo hizo sentir una incomodidad inmediata.

—¿Qué tipo de... algo? —preguntó, buscando comprender.

Marta respiró hondo antes de responder, como si quisiera encontrar las palabras adecuadas.

—Cada noche, detective... escucho un susurro. Una voz. Me llama, pero no puedo verlo. No hay nadie en la casa. Pero la voz sigue ahí. Me despierta a la mitad de la noche, y… y no puedo dormir. Estoy perdiendo la cordura, detective.

Javier hizo una pausa. Sabía que en su carrera había tratado con muchos tipos de llamadas y casos. Algunas personas habían sido víctimas de alucinaciones, otras simplemente estaban sobrepasadas por el estrés. Pero el miedo genuino en la voz de Marta lo hizo dudar. No tenía respuestas inmediatas, y eso lo inquietaba aún más.

—¿Cuándo fue la última vez que escuchó ese susurro? —preguntó, en un intento por calmarla.

—Anoche —respondió, la voz temblorosa, como si estuviera al borde de un colapso—. Y cada noche parece que se hace más fuerte. Como si... estuviera aquí, en la casa, justo a mi lado.

Javier estaba acostumbrado a tratar con personas asustadas, pero algo en la descripción de Marta lo perturbaba. La forma en que hablaba, casi como si algo estuviera acechando en cada palabra, le erizó la piel. En su experiencia, cuando alguien vivía algo tan intenso, era imposible ignorarlo. Y su trabajo como detective era investigar lo imposible.

—Está bien —dijo, tomando una respiración profunda—. Voy a investigar la situación. ¿Me puede dar su dirección exacta?

Marta le proporcionó la dirección. La casa estaba ubicada en una zona aislada, cerca de un bosque denso a las afueras de la ciudad. Javier anotó la información y colgó el teléfono. Un escalofrío recorrió su cuerpo mientras pensaba en la descripción de la mujer, y el inquietante tono de su voz seguía resonando en su mente.

La mañana siguiente llegó con un cielo gris y nublado, y Javier no pudo evitar recordar la llamada de Marta mientras tomaba su café. Sabía que tenía que ser cauteloso; muchas veces las personas que viven en aislamiento pueden volverse demasiado vulnerables a sus propios miedos. Sin embargo, el caso de Marta parecía diferente. Y esa sensación, esa inquietud que lo acompañaba, le indicaba que había algo más detrás de sus palabras.

La dirección era clara, pero el viaje hacia el lugar lo llevó por caminos que se adentraban más y más en el bosque. A medida que avanzaba, el tráfico se volvía más ligero y la carretera más estrecha. La niebla comenzó a bajar, envolviendo el entorno en una capa gris y espesa, como si el mundo fuera parte de un sueño inquietante. Los árboles a ambos lados de la carretera eran altos y oscuros, y sus ramas se entrelazaban por encima del camino, cubriéndolo en sombras.

A medida que avanzaba por el sinuoso camino de tierra, Javier no podía evitar sentir una creciente sensación de incomodidad. El lugar parecía estar aislado, apartado de todo lo demás. A lo lejos, entre los árboles, logró ver lo que parecía ser una casa vieja. Al principio no estaba seguro, pero luego una curva lo acercó más, y pudo distinguir los detalles con mayor claridad.

La casa de Marta era antigua, con una arquitectura que evocaba una época olvidada. El desgaste en las paredes y las ventanas rotas le daba un aire de abandono. Sin embargo, no parecía haber nadie alrededor. Ni un solo automóvil en el camino, ni un sonido que perturbara el silencio profundo del bosque. Todo estaba quieto.

Javier estacionó su coche frente a la casa y observó detenidamente. La sensación de aislamiento que había experimentado en el camino se intensificó. El lugar no era simplemente aislado por su ubicación, sino también por su energía. Algo parecía estar mal. La casa, con su estructura envejecida y el hedor a humedad que emanaba de ella, parecía estar observándolo.

Marta apareció en la puerta, visiblemente cansada. Sus ojos oscuros no se apartaban de Javier, y su rostro reflejaba una mezcla de miedo y agotamiento. Cuando lo vio, exhaló aliviada, pero el miedo no desapareció de su expresión.

—Gracias por venir, detective —dijo con una voz temblorosa. No parecía haber dormido en días.

—No se preocupe, estoy aquí para ayudarla —respondió Javier, con un tono firme para tranquilizarla. Sin embargo, no pudo evitar preguntarse si realmente podría ayudarla. Algo en su interior le decía que este caso era más complicado de lo que Marta había dejado entrever.

Marta lo invitó a entrar, y cuando cruzaron la puerta, una ola de frío les dio la bienvenida. El aire estaba viciado, denso, como si algo estuviera atrapado en esa casa, esperando salir. Cada paso que daban resonaba en las tablas crujientes del suelo.

—¿Por dónde empieza todo esto? —preguntó Javier mientras caminaban hacia el interior.

Marta lo condujo al pasillo. Las paredes, cubiertas por una capa de polvo y telarañas, mostraban signos de descuido. Era evidente que la casa no había sido cuidada en mucho tiempo. Javier notó que las puertas parecían estar cerradas con más fuerza de lo normal. Algunas de las ventanas estaban rotas, pero a pesar de eso, el lugar seguía estando oscuro, casi como si no dejara que la luz entrara por completo.

Marta lo llevó al segundo piso, donde se detuvo frente a una puerta cerrada.

—Esta es la habitación donde escucho los susurros —dijo, señalando la puerta con un dedo tembloroso.

Javier sintió una ligera presión en el pecho. Algo en esa habitación lo hacía sentirse extraño. Como si la misma atmósfera de la casa lo estuviera observando.

—¿Está segura de que no hay otra explicación para lo que ha escuchado? —preguntó mientras intentaba no mostrar su propia incertidumbre.

Marta negó con la cabeza, su expresión sombría.

—He intentado todo, detective. No puedo descansar. Cada noche, escucho lo mismo: un susurro que me llama por mi nombre. Y lo peor es que cuando intento responder, no hay nadie allí.

Javier se acercó a la puerta y la abrió lentamente. Un aire frío lo envolvió de inmediato, y un escalofrío recorrió su espina dorsal. La habitación estaba vacía, con una silla antigua en el centro y una ventana rota que daba a un pequeño patio trasero. La habitación parecía desordenada, pero no parecía haber nada que justificara el miedo palpable que Marta sentía.

—No escucho nada —dijo Javier, mirando a su alrededor.

Pero justo en ese momento, el susurro llegó. Bajo, casi imperceptible, pero claramente allí. La voz era suave, como si flotara en el aire, deslizándose por las paredes. Y aunque Javier no podía distinguir las palabras, la sensación de que algo los observaba en ese espacio vacío era inconfundible.

Marta se acercó a la ventana, su rostro reflejando un terror creciente.

—¿Puede escucharlo? —preguntó con desesperación.

Javier no sabía cómo explicarlo. El aire estaba cargado de una energía extraña, casi palpable, pero el susurro... era lo único que realmente lo inquietaba.

—Lo escucho, pero no veo nada —respondió, intentando mantener la calma.

Y en ese preciso instante, una puerta al final del pasillo se abrió por sí sola.

La puerta al final del pasillo se abrió con un chirrido largo, como si algo invisible hubiera empujado con fuerza. El sonido fue bajo, pero lo suficientemente claro como para hacer que la piel de Javier se erizara. Marta, al ver lo que ocurría, retrocedió de inmediato, sus ojos reflejaban el terror más puro que Javier había visto en mucho tiempo.

—Eso no ha pasado nunca —dijo Marta con voz temblorosa, su cuerpo encogiéndose de miedo, como si la puerta misma pudiera representarlo.

Javier permaneció inmóvil, mirando la puerta abierta frente a él. El pasillo estaba en silencio, pero la presión en el aire era insoportable. Algo se estaba acumulando en el ambiente, algo que no podía ver, pero que podía sentir. A pesar de la fría brisa que atravesaba la casa, el calor en la piel de Javier aumentaba. No era simplemente calor físico, sino una sensación de alarma, como si su instinto de supervivencia lo estuviera alertando de un peligro inminente.

Marta, que antes había sido tan comunicativa, ahora no podía articular palabra. Sus manos temblaban, su rostro estaba pálido, como si algo en su interior hubiera colapsado por completo. Javier dio un paso hacia la puerta, pero antes de que pudiera avanzar, Marta lo detuvo.

—Por favor... no entre —dijo, la voz quebrada. Algo en su tono le hizo saber que no era simplemente miedo, sino un temor profundo, un terror visceral.

Javier miró a Marta con seriedad. Sabía que había algo más en juego aquí, algo que él aún no comprendía completamente. Su trabajo como detective lo había enseñado a escuchar más allá de las palabras, a leer entre las líneas. Marta no solo estaba aterrada por los susurros; ella sabía que algo mucho más oscuro habitaba en esa casa. Pero, como todo buen detective, no podía retroceder ante la incertidumbre. Había algo en esa casa que necesitaba descubrir.

—Voy a investigar, Marta —dijo con tono firme. Aunque su voz intentaba ser tranquilizadora, el miedo que sentía era innegable. Algo no estaba bien, y el sentido común le decía que debía averiguarlo.

Marta lo observó con ojos llenos de desesperación, pero no dijo nada más. Con una última mirada hacia la puerta, Javier dio un paso hacia adelante, atravesando el umbral que separaba la habitación del misterioso pasillo.

El aire dentro de la habitación estaba más denso que en el resto de la casa. El olor a humedad, a moho y a algo más indescriptible, como si el lugar estuviera a punto de descomponerse por completo, invadió sus pulmones. Javier respiró profundamente, forzando una calma que no sentía. Sus ojos recorrían el pasillo, y sus oídos no podían dejar de escuchar el susurro, esa vibración en el aire que parecía provenir de todos lados, pero sin una fuente clara.

El pasillo estaba oscuro, las sombras parecían moverse por sí solas. A cada paso que daba, la sensación de que lo observaban crecía. El silencio era tan denso que podía escuchar cada uno de sus propios latidos. Se acercó lentamente hacia la puerta abierta, y antes de cruzarla, detuvo su paso y miró hacia atrás, hacia Marta, que seguía de pie en la habitación. Su rostro estaba desencajado, como si estuviera enfrentando algo que no quería ver, pero que sabía que debía enfrentar. No podía salvarla, y eso lo sabía.

Javier dio un paso al frente y cruzó la puerta, entrando en lo que parecía una pequeña sala. No era una habitación común. Las paredes estaban cubiertas por extrañas manchas oscuras, como si algo hubiera escurrido sobre ellas. El suelo estaba desordenado, con muebles apilados en un rincón y trozos de madera esparcidos por el suelo. Sin embargo, lo que más llamaba la atención era el extraño cuadro colgado en la pared al frente. Un retrato antiguo, oscuro, de una mujer con ojos vacíos y una expresión severa que parecía observar a Javier con una intensidad inquietante.

El susurro aumentó de volumen, y aunque no lograba entender las palabras, algo en su tono le decía que la voz era humana, pero con una cualidad distorsionada, como si proviera de alguien que ya no pertenecía a este mundo. El aire frío se intensificó, y de repente, la habitación se llenó de un sonido metálico, como si algo estuviera arrastrándose por el suelo.

Javier se acercó al cuadro, sus dedos rozando el marco de madera desgastada. La mujer en el retrato parecía tan viva en su mirada, tan palpable, que por un momento Javier se sintió atrapado por su presencia. Fue entonces cuando escuchó el crujido. Un crujido bajo y profundo, como si algo en la casa estuviera moviéndose por su propio impulso.

Antes de que pudiera reaccionar, el suelo bajo sus pies cedió.

Javier cayó al vacío, su cuerpo golpeando el suelo con un impacto brutal que le quitó el aliento. El golpe lo aturdió por un momento, y cuando logró abrir los ojos, se encontró en un lugar que no había visto antes. La oscuridad lo rodeaba por completo, pero una pequeña rendija de luz provenía de algún lugar lejano, dándole apenas suficiente visibilidad para observar a su alrededor.

Se levantó lentamente, notando el dolor en su muñeca izquierda. Miró a su alrededor y se dio cuenta de que estaba en lo que parecía un sótano o una habitación subterránea. Las paredes de piedra, húmedas y cubiertas de moho, se alzaban alrededor de él. Un olor a putrefacción le llegaba a las narices, como si el aire estuviera atrapando siglos de abandono.

Javier se llevó una mano a la cabeza, buscando el foco de la extraña sensación que lo invadía. Algo no estaba bien en este lugar. Algo había estado oculto aquí, esperando ser descubierto. De repente, el sonido de los susurros, que antes parecía provenir de todas partes, se concentró en un único punto, cerca de él. Giró sobre sus talones, y al fondo de la habitación, justo en la esquina, vio una sombra.

La sombra era pequeña, moviéndose rápidamente, como si tuviera vida propia. Javier dio un paso hacia atrás, su corazón comenzó a latir más rápido. La sombra parecía observarlo, acercándose más y más hasta que pudo distinguir una figura en la penumbra. Era una figura humana, pero su contorno parecía distorsionado, como si estuviera hecha de sombras mismas. No tenía rostro, pero Javier sintió la mirada fija en él, como si lo estuviera juzgando.

El susurro creció, y esta vez, las palabras fueron claras.

—Estás demasiado tarde, Javier. Todo lo que tocas se desvanece.

La piel de Javier se erizó por completo, un escalofrío recorrió todo su cuerpo que lo dejó helado, el miedo que sentía en ese momento no era como el miedo normal. Era algo mucho más profundo, algo que se encontraba en su interior, en sus recuerdos más oscuros. ¿Cómo sabía esa voz su nombre?

La figura dio un paso hacia él, y a medida que lo hacía, el aire se volvió más denso, más insoportable. El espacio comenzó a comprimirse a su alrededor, y Javier sintió que la presión lo aplastaba. Su respiración se aceleró, y con un esfuerzo tremendo, logró avanzar hacia la figura, decidido a enfrentar lo que fuera que estuviera ahí.

El susurro volvió, esta vez más fuerte, como si las paredes mismas lo estuvieran gritando.

—No hay escapatoria. Estás atrapado.

Javier, sin embargo, no iba a ceder. Algo en su interior le decía que debía seguir adelante. Su instinto de detective, ese que le había permitido sobrevivir a situaciones mucho más peligrosas, ahora lo guiaba. Sin pensarlo, avanzó hacia la figura que lo miraba desde la oscuridad. A medida que daba pasos hacia ella, el peso en el aire se aligeraba, como si la sombra temiera que lo enfrentara.

Cuando estuvo lo suficientemente cerca, la figura se desvaneció. No desapareció como un espectro, sino que se disolvió en el aire, como si nunca hubiera existido. Un silencio mortal invadió la habitación.

Javier se quedó allí, en medio de la oscuridad, mirando el espacio vacío donde la figura había estado, tratando de comprender lo que acababa de ocurrir. ¿Qué era ese lugar? ¿Y qué quería la figura de él?

Sin embargo, algo en su interior le decía que la respuesta no estaba en el lugar donde se encontraba, sino en la casa de Marta. Ese lugar, ese sótano, era solo el principio. La verdadera respuesta aún estaba por venir.

Y ahora, Javier sabía que su investigación no solo implicaba desentrañar un misterio. Estaba enfrentándose a algo mucho más grande.

Javier, al darse cuenta de que la figura se desvaneció, se quedó en el medio de la habitación, con el corazón palpitando con fuerza. El aire parecía más denso de lo normal, como si la atmósfera se hubiera cargado con algo más que solo humedad. Se frotó las manos, tratando de calmarse. Algo no estaba bien, no solo con la casa, sino también con él. La sensación de estar siendo observado lo había invadido en cuanto cruzó el umbral.

El susurro, aún presente en sus oídos, lo perseguía, no solo como un sonido, sino como una presencia tangible. Ya no era solo un eco lejano, sino una voz que lo rodeaba, que lo observaba con la intensidad de un juicio eterno.

Sin embargo, Javier no podía dejar de avanzar. Su instinto de detective lo impulsaba a seguir adelante, aunque el miedo se apoderaba de cada paso que daba. Caminó con cautela por la habitación, sin apartar los ojos de las sombras que se formaban en las esquinas. No podía permitir que su mente se desbordara. Sabía que debía concentrarse, mantenerse alerta.

Cuando volvió a la sala, Marta lo observaba desde la puerta, su rostro lleno de ansiedad.

—Detective… —susurró, como si temiera que alguien pudiera oírlos— ¿Está todo bien?

Javier asintió con una ligera sonrisa, tratando de calmarla, pero su rostro estaba pálido, y sus ojos reflejaban algo que no podía ocultar. No estaba bien. Nada de esto estaba bien.

—Lo que escuchas… esos susurros… no son solo en tu cabeza, Marta. Hay algo aquí. Algo real.

Marta retrocedió, como si las palabras de Javier fueran un golpe directo a su cordura. La mujer parecía haber esperado algún tipo de explicación racional, una que la ayudara a entender lo que estaba ocurriendo. Pero ahora, con la confirmación de Javier, algo en su interior parecía quebrarse.

—¿Qué quiere decir con eso? ¿Qué está ocurriendo aquí? —preguntó con un nudo en la garganta. Sus ojos brillaban, casi como si estuviera al borde de las lágrimas.

Javier se acercó a ella, asegurándose de mantener un tono tranquilo, a pesar de la creciente sensación de que algo estaba a punto de suceder.

—Esto no es solo un caso de paranoia o alucinaciones. No creo que estés imaginando todo esto. Los susurros, las sombras… hay algo en esta casa. Algo que no está bien.

Marta tembló, y Javier vio cómo sus manos se aferraban a la pared, buscando algo en qué sostenerse. Sus ojos, de un color marrón profundo, se llenaron de lágrimas.

—¿Por qué está sucediendo esto? —susurró—. He intentado todo, pero cada noche es lo mismo. Ya no sé si estoy perdiendo la cabeza. Algo en esta casa… lo siento. Lo siento cada vez más fuerte.

Javier observó a Marta, pensando por un momento en todo lo que había vivido. Sabía que no podía darse el lujo de dejarse arrastrar por el miedo. La mujer no estaba sola en esto. Él también sentía la presencia extraña, pero no podía dejar que eso lo paralizara.

—Voy a ayudarte, Marta —dijo, tomando su brazo con suavidad. No era solo una promesa profesional; era algo que sentía profundamente. Esa mujer había llegado a él con una verdad dolorosa que no podía ignorar.

De repente, algo cambió en el aire. Un fuerte crujido resonó en el piso, justo debajo de sus pies. El sonido era metálico, como si algo grande y pesado se estuviera moviendo en las entrañas de la casa. Javier se giró rápidamente hacia la puerta de la habitación y vio cómo las sombras parecían distorsionarse en las paredes. Algo estaba vivo en la oscuridad, y la casa no era solo un refugio para esa presencia.

Marta miró con terror hacia el pasillo.

—Es él… —murmuró, su voz baja y angustiada—. ¡El hombre de los susurros!

Javier no entendió del todo, pero lo que sí entendió era que Marta había llegado al punto en que ya no diferenciaba entre lo real y lo irreal. Había algo profundamente perturbador en esa casa, algo que le otorgaba una atmósfera casi palpable de locura.

—¿El hombre de los susurros? —preguntó, su voz firme, aunque en su interior sentía el peso de la incertidumbre.

Marta cerró los ojos por un momento, temblando visiblemente. Cuando los abrió de nuevo, parecía más vulnerable que nunca.

—Lo vi la primera noche que escuché los susurros… Estaba en el pasillo. No lo vi claramente, pero lo sentí. Algo en esa figura, algo que no podía tocar, pero que podía ver en la esquina de mi ojo. Esos susurros… me llamaban por mi nombre, me arrastraban hacia ellos.

El sonido de los susurros comenzó a intensificarse, llenando la casa de un zumbido bajo. Javier se giró rápidamente hacia el pasillo, mirando con atención, intentando descubrir algo en las sombras.

—¿Qué quieres de mí? —gritó Javier, su voz resonando con autoridad. Sabía que no estaba hablando con Marta, sino con algo más. Algo que no pertenecía a este mundo.

De repente, un chillido penetrante llenó la habitación, un sonido como el de una criatura torciendo su cuerpo en el aire. Era tan fuerte que Javier tuvo que cubrirse los oídos, pero no sirvió de nada. El sonido atravesó su mente, perforando sus pensamientos. La figura del hombre de los susurros apareció en el umbral del pasillo, emergiendo de la sombra como si fuera una extensión del propio terror de la casa.

La figura era alta, más alta de lo que Javier hubiera imaginado, con una presencia que parecía absorber toda la luz a su alrededor. Sus ojos eran oscuros, como pozos vacíos, y su rostro no tenía rasgos definidos, como si se estuviera desintegrando en la oscuridad. El aire se congeló a su alrededor.

Marta, completamente aterrada, se arrodilló en el suelo, abrazándose a sí misma.

—No puedo más, no puedo más… —suplicó, la voz rota.

El hombre de los susurros dio un paso hacia ellos, y en ese momento, Javier comprendió que no podían quedarse allí. No podían enfrentarse a esa figura sin conocer su origen, sin entender lo que estaba pasando. Sabía que necesitaban salir, pero algo en su interior lo retuvo, una sensación, una conexión con el mal que acechaba la casa.

Javier sintió la necesidad de proteger a Marta, de no dejarla en ese estado de terror absoluto. Sin embargo, mientras retrocedían hacia la salida, la figura del hombre de los susurros se desvaneció tan rápidamente como había aparecido.

La tensión no desapareció. Al contrario, se intensificó. Javier y Marta se quedaron en silencio, apenas respirando. A lo lejos, el sonido de un portazo resonó desde el fondo de la casa. Algo o alguien había dado un golpe tan fuerte que las ventanas temblaron. No había forma de saber si la presencia había desaparecido o si solo se había alejado por un momento.

Javier, mirando a Marta, comprendió que no sería fácil escapar de esa casa. Había algo en ella, algo ancestral que no los dejaría ir tan fácilmente. La casa parecía estar viva, o al menos, como si tuviera una voluntad propia, una voluntad que los desbordaba.

El hombre de los susurros tal vez los estaba observando desde las sombras, esperando el momento adecuado para atacar de nuevo.

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